A fines de febrero del 2023, mi marido llegó a la casa con el dispositivo Palpa después de una capacitación en su oficina. Lo guardé sin prestarle mucha atención. No tenía antecedentes familiares, me sentía bien… El cáncer de mama, para mí, era algo lejano.
Un mes después, él notó un bulto en mi mama izquierda. Yo no me alarmé, pero por su insistencia le escribí a mi ginecóloga. Me respondió al tiro y me pidió una ecografía. A los días, el examen mostró algo sospechoso y me indicaron una biopsia.
El resultado llegó justo antes de un viaje: yo con 28 años, sin síntomas y con mi vida andando normal. Ese día recibí la llamada que nadie quiere recibir: era cáncer de mama, y además uno de los más agresivos, un triple negativo.
Desde ahí todo avanzó muy rápido: exámenes, oncólogos, congelación de óvulos, quimioterapias, la caída del pelo, cirugías. Fueron meses difíciles, llenos de incertidumbre, miedo y decisiones que jamás pensé tomar tan joven. Pero también meses en que me sentí profundamente acompañada, tanto por mi entorno como por un equipo médico increíblemente humano. Y dentro de todo, tuve algo fundamental: lo detectamos a tiempo.
La importancia de la detección temprana
Hoy comparto mi historia porque ese bulto apareció, porque lo vimos y porque hicimos algo. Y porque alguien, antes que yo, tuvo una charla sobre la importancia de aprender a palparse que salvó mi vida.
Mi mensaje es simple y urgente: no necesitas antecedentes, síntomas ni “sentirte enferma” para chequearte. A todas nos puede pasar. Palparte, consultar y no dejar pasar un bulto puede hacer una diferencia enorme.
Hablar de cáncer también importa. Sacarlo del tabú, ponerle nombre, contar lo que vivimos. Eso alivia, informa y, muchas veces, salva vidas.
Algunos consejos desde mi experiencia